Cuando un niño/a nace no sabe jugar, pensar, querer a los demás, prestar atención…Todas éstas conductas las va aprendiendo durante su desarrollo. Las rabietas, las agresiones, los miedos, la desobediencia, los problemas con las comidas…, también son aprendidos. En ocasiones las pataletas y las rabietas se convierten en parte de la rutina diaria de la familia generando un ambiente de tensión y malestar.
La conducta de los niños/as depende de sus consecuencias. Los niño/as tienden a repetir aquellas conductas que tienen unas consecuencias positivas para ellos. Por ejemplo, si la rabieta de Paula tiene como consecuencia que sus padres le dejen comer chucherías, Paula está aprendiendo a tener una rabieta cada vez que quiera comer dulces. Hay un potente reforzador o premio para los niños que puede pasar desapercibido: “la atención que le prestan los adultos“. Cuánta más atención recibe más tiende a repetir esa conducta. La mayoría de las veces, cuando el niño tiene un comportamiento difícil, el adulto tiende a reprenderle. Por tanto cuánto peor se porta el niño más atención recibe. De igual modo, cuando un niño se comporta de forma adecuada y se lo reforzamos diciéndole, por ejemplo, “muy bien, estoy orgulloso de tí”, el niño tiende a repetir esas conductas. Debemos tener en cuenta que cuando el niño se porta mal es porque ha aprendido a captar la atención del entorno con ese tipo de conductas y para cambiar ésto debemos empezar a prestarle más atención a los comportamientos adecuados que presenta el niño.
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